Celebrando la Navidad Recordando al Olentzero

Me recuerdo con cariño el día que me regalaron la estatuilla del Olentzero.  Un salón de quinto grado en Oiartzun supo por voz de amistades que cumplía años y uno de los estudiantes ofreció como regalo de la clase una figura pintada por su madre. ¡Qué mar de emociones! La sorpresa, alegría y vergüenza al desconocer la historia detrás de la figura que con orgullo me regalaban. Afortunadamente en el pequeño pueblo todos sabían que era nueva a los lares y a las costumbres así que las explicaciones, anécdotas, referencias mitológicas e históricas llovieron. Ahora una década más tarde me toca como parte de la vasta comunidad de descendencia vasca en el extranjero, que llevamos a Euskadi en el corazón, compartir con nuevas generaciones noticia de las tradiciones de la fascinante y bella tierra de los vascos.

Las maestras del prekinder de mi hijo, Javier Ignacio, deseaban presentar historias de tradiciones navideñas de diferentes partes del mundo. Para ello invitarom a padres y madres a compartir sus experiencias o conocimiento.  Con una mezcla de alegría y ansiedad ante la responsabilidad de representar algo que he atesorado en mi recuerdo pero que es vivido como tradición anual por cientos de miles…ofrecí hablar con estos pequeñines sobre el Olentzero.

En preparación al día de mi presentación busqué en el Internet sin gran éxito una versión de la historia del Olentzero que recogiera los cuentos que me ofrecieron durante mi estadía en Euskadi. Pero a mi pesar gran parte de lo que encontré enfocaba en la investigación de raíces paganas del Olentzero y en la recreación del cuento del Olentzero aislado de la celebración de la Navidad.  Aunque reconozco el valor de recrear y salvar las raíces vascas que precedieron la llegada del Cristianismo, no es menos cierto que la historia y la tradición del Olentzero son ejemplo de sincretismo, o dicho de otro modo ejemplo de la fusión cultural que es de esperarse en la historia pueblos en contacto con otros pueblos ya sea por vecindad, agresión o comercio.  El cambio es parte natural de todo ser humano y de los pueblos por eso me parece que  Olentzero sin Navidad o Navidad sin Olentzero no me parece representar al pueblo vasco de hoy.  Pero a falta de encontrar una historia que recogiera los temas cristianos que me fueron narrados, proveo a continuación mi versión del Olentzero a modo de honrar mi recuerdo de la tradición.

Olentzero

Esta es la historia, según me acuerdo, del Olentzero, un ser muy querido por el pueblo vasco. Allá las historias comienzan “Behin batean…” por acá en las Américas decimos:

Érase una vez, allá para los tiempos cuando los bosques eran lugares de misterio y magia. Dicen las leyendas que en los bosques vascos vivían hadas,  “prakagorriak” que quiere decir pantalón rojo en la lengua de los vascos y eran unos duendecillos pícaros conocidos por sus pantalones rojos, hablaban también de gigantes y otros tantos personajes fantásticos.  Las personas vivían en poblados pequeños y evitaban adentrarse al bosque, a excepción de los pastores y carboneros que pasaban gran parte del año fuera del poblado andando por las montañas y bosques. Cuentan que al llegar al pueblo los pastores y carboneros solían contar las peripecias y hazañas en el bosque.

Algunos dicen que el Olentzero era un pastor, otros dicen que era carbonero. Siempre que he visto imágenes de él lo he visto sentado o arrimado a una bolsa de carbón así que creo que la evidencia apunta a que era carbonero. En aquellos tiempos los carboneros vivían en chozas adentrados en el bosque. Durante el año trabajaban allí cortando árboles y partiendo el tronco en pedacitos para enterrarlo y hacer carbón vegetal.   Cuando entraba el frío del invierno y las noches se hacían cada vez más largas los carboneros bajaban al pueblo con su carbón en una gran bolsa.

Dicen que en un principio al Olentzero no le gustaban los niños y era algo gruñón. Quizás era porque al ver a este hombre de gran tamaño, barrigón, despeinado y manchado con tizne, se burlaban de él.  A nadie le gusta la burla y por eso quizás el mal humor del Olentzero para aquel tiempo. Todavía hoy día, cientos de años después, en la canción del Olentzero que se canta en el País Vasco cantan pedacitos de estas burlas. La canción habla de un cabezudo de poca inteligencia, barrigón y sucio. El Olentzero no era como decían las burlas. El era un hombre bueno y trabajador.  Pero les aseguro, que aunque así eran las cosas antes, el Olentzero, como escucharán, llegó a ser y es muy querido porque una buena noche todo cambió.

El Olentzero se econtraba en su choza en las montañas cuando de momento vio una luz extraordinaria llenar el cielo de la noche. En el resplandor sintió una voz que le decía: No habrá porqué temer. Ha nacido en Belén el hijo de Dios hecho hombre. Su vida sembrará amor y esperanza en la tierra.” Algunos dicen que la voz fue la de una hada, otros dicen que fue la voz de un ángel que entre los pastores de Belén incluyeron a nuestro carbonero en la buena noticia de esa noche.

Impactado por tan especial visita el Olentzero sintió su tristeza desvanecer y la alegría contagiosa nacer, pero no sabía que se esperaba de él. Al amanecer, el Olentzero salió a caminar a ver que había de diferente en el mundo. Buscaba entender aún el mensaje de aquella noche. En su largo caminar se dio cuenta que del bosque habían desaparecido el misterio y la magia. En su camino no divisó hada o ni gigante.

Tanto caminó, buscando entender, que llegó a un lugar que no había visitado antes. A lo lejos vio una casa en la que vivían muchos niños al cuidado de unos pocos adultos.  Para evitar la burlas el Olentzero se quedó observando desde lejos lo que allí pasaba.  Era un hogar para niños huérfanos. El Olentzero, quien de por sí era huérfano, se sintió conmovido de ver tantos niños que hubieran estado solos como él pero que tuvieron la suerte de tener este hogar.  El Olentzero volvió varias veces a ver a los niños jugar. Pero un mal día el Olentzero llegó y vio como el hogar ardía en llamas. Sin pensarlo dos veces, el Olentzero corrió a socorrer a los niños.  El trabajo del Olentzero requería que fuera grande y fuerte, y lo era, probablemente por eso logró salvar a todos los niños.  Agradecidos todos en el hogar le invitaron a venir más amenudo. El Olentzero aceptó la invitación y les ayudó a reconstruir la casa.  Así nació el amor del Olentzero por los niños. Ver a los niños jugar le hacía feliz.

Cuando no estaba en el hogar visitando, y había terminado de trabajar, el Olentzero pensaba en cómo ayudar a los niños. Por las noches comenzó entonces a tallar y construir juguetes de madera para obsequiar a los niños. Descubrió en este pasatiempo una pasión. Al año siguiente, cuando tocaba ir al pueblo a llevar el carbón, el Olentzero fue con carbón pero también con juguetes para los niños. Para su sorpresa en el pueblo ya sabían de su hazaña con el hogar de niños. Ese año lo recibieron todos en la calle como héroe que era. El a cambio venía a traer juguetes para los niños.

En el pueblo el Olentzero se reunía en las tavernas a hablar con los padres y cuando no los niños le pedían cuentos fantásticos del bosque. Pero esta vez, el Olentzero no tenía cuentos de hadas o duendecillos que contar. En vez les habló de la luz, la voz y la noche en la que su vida cambió.  Así fue cómo la noticia del nacimiento de Jesús llegó de boca de un humilde carbonero que bajaba al pueblo a saludar una vez al año. Un carbonero barrigón, con piel tiznada pero con una alegría contagiosa que compartía con los niños mediante pequeños obsequios en la Navidad.